domingo, 31 de mayo de 2009

La Hoguera

El cardenal estaba absorto redactando su siguiente conferencia magistral desde el púlpito. El humo del incienso que emanaba de los cigarros aromatizaba la augusta catedral y el cenicero contenía colillas de tres cajetillas. El cardenal abrió la otra caja, mientras decidía si su sermón iba a ser acerca de la caridad de las virtudes democráticas o sobre los peligros del diablo amarillo que despenalizaba el aborto. También era necesario hablar un poco acerca de las virtudes de la pobreza y la paciencia en este mundo de crisis económica. Decidió que lo mejor era hacer un sermón que hablara acerca de la hermandad de todos los mexicanos, de la fe absoluta en las instituciones políticas, de la esperanza en que dios hiciera el milagro de dotar de sesos a nuestra clase política. Y a manera de Amén, su bendición a la selección para el mundial del 2010; aunque le gane hasta honduras.
El monaguillo entró a cambiar los ceniceros, las tazas de café de Coatepec mezclado con mezcal de Oaxaca y la ensalada de hongos xiqueños: tres de los cuatro vicios monacales, aprobados por algún concilio olvidado en el tiempo. Verlo pasar y recordar aquellas palabras del redentor «Dejad que los niños se acerquen a mí» fue todo uno para el cardenal; los niños eran el cuarto vicio.
A las tres de la mañana el cardenal se quedó dormido mientras veía el programa del doctor simi. Su último cigarrillo resbaló entre sus dedos y cayó sobre un libro cualquiera de Rius, esto provocó un pequeño incendio que pudo terminar en tragedia de no ser porque un providencial manotazo del prelado dormido derramó el café sobre el fuego justo cuando amenazaba con quemar una imagen sacra de San Rafael Guízar.
A los doce minutos para el mediodía lo despertaron los gritos de las monjas diciendo que la ira divina había caído sobre el hereje. Se le atribuyó el milagro a San Guízar, pues a sus pies yacían los restos del libro fulminado. Lo cierto es que nuestro cardenal lo tomó como una revelación oscura de uno de los insondables misterios de la providencia, y se resolvió a resucitar la Hoguera cristiana, católica, apostólica y romana.
La histeria colectiva se extendió como reguero de pólvora desde que Loret de Mola transmitió una recreación de la ira divina cayendo sobre el libro de Rius, y hasta que López Dóriga se despidió con entrevistas vía sacerdótica al mismísimo san Rafael Guízar, usando la conexión de banda ancha del cardenal en cuya catedral se había verificado el milagro; las peregrinaciones del 12 de diciembre se desviaban antes para contemplar la imagen del santo patrono de la hoguera –que así lo bautizaron – y la secretaría de Turismo le extendía un reconocimiento al sacerdote por sus aportaciones a la causa local.
El nuncio de Ratzinger –vulgo Benedicto XVI – vino a visitar al sacerdote profeta y al santo justiciero. La catedral estaba atestada de fieles y el cardenal desesperaba al ver disminuir dramáticamente sus reservas de hongos, bien que lo confortaban un poco las copiosas limosnas que ingresaban a sus arcas, y se colocó un aviso oportuno ofreciendo recompensa a quien postulara a un candidato a la hoguera.
Tres días más tarde se habían recibido más de cien mil cartas delatando a presuntos herejes: ego Sánchez, por su fracaso como director de la selección; Mouriño, quien fue exonerado de la hoguera porque literalmente murió en una, el PG por bloquear Reforma, Lidia Cacho por ataques a la pederastia y hasta un estudiante de sociología que hacía malos sarcasmos en contra de casi cualquier cosa. Como no podían quemar al PG o a Ego Sánchez, fueron en busca del estudiante; y a falta de Hoguera, se decomisó el anafre de la señora de los tamales.
Los noticieros se pasaban los días hablando acerca de los preparativos nocturnos para la gran inauguración de la hoguera y las noches hablando acerca de la oscura vida diaria del sarcástico hereje. El blog del hereje era visitado todos los días y recibía sentencias de muerte. Se hablaba acerca de su avaricia que lo hacía preferir caminar durante media hora hasta su escuela antes que usar el transporte público atestado, caro y deficiente que lo llevaba hasta su escuela en 20 minutos; de su gula que lo hacía comprar tortillas con esos seis pesos escamoteados tan diabólicamente a los esforzados microbuseros; de la soberbia luciferina que lo hacía leer durante días enteros sólo para acumular material para sus chistes; de su lujuria insaciable que lo hacía tener muchas amigas en un grupo en el que había diez compañeras y sólo dos chavos, uno de los cuales le caía notoriamente gordo; de su ira incontenible cuando, al ir al baño, descubría que no había papel. Sí, era definitivamente una criatura diabólica hasta la médula que odiaba todo lo bueno, bello y santo de la sociedad: el reggaetón, las modas, los libros de autoayuda, las estrellas artificiales de “La Escuela” y de “Danzando por una Historia Onírica”
Durante tres semanas, que fue lo que duró la re decoración del anafre, la instalación de una plaza de ejecuciones y la impresión de playeras conmemorativas; las narco ejecuciones, las crisis económicas, el calentamiento global, los desastres naturales, la corrupción y hasta el PG pasaron a ser irrelevantes en la televisión nacional. Al término de las tres semanas, la gente normal no recordaba palabras como «Obrador», «inseguridad», «Al Gore», «Elba Esther Gordillo» o «Desempleo» Intuían que lo vital para la sociedad era deshacerse del sociólogo hereje antes de que su ejemplo corrompiera a la sociedad, como para los atenienses lo principal era que Sócrates bebiera la cicuta o para los judíos que cristo pendiera de la cruz. Pero si la víctima era tan grande como Sócrates, cristo o Séneca, la turba apenas llegaba a Nerón.
Un detalle, sin embargo, bastó para que se desmantelaran todos los preparativos y se relegara al olvido la ocurrencia medieval; un detalle insignificante, nimio y sin importancia: al lado del libro quemado de Rius se encontró una biblia chamuscada. Y en alguna parte del país reapareció el Chupacabras. Seis días después nadie recordaba al hereje.